De vez en cuando, alguien va y combina dos tecnologías en un único producto nuevo, dando como resultado una categoría nueva y triunfante que cambia la industria. Radio + reloj. Teléfono móvil + cámara. Reproductor musical + disco duro.
por David Pogue
Pero entre todas las combinaciones actualmente posibles, hay pocas que clamen tanto al cielo como la de cámara + inalámbrica. Ya hay millones de personas que disparan fotos con sus móviles y luego las mandan orgullosos por correo-e o las publican en sus páginas web. ¿Pero por qué tenemos que conformarnos con las mediocres y descoloridas fotos de baja resolución que sacan los teléfonos móviles? ¿Por qué no podemos divertirnos igual con las buenas fotos que hacen las buenas cámaras?
Por fin ha llegado ese momento. Kodak anunció en enero su cámara inalámbrica EasyShare One, pero ha ido retrasando su lanzamiento. De este modo, la que iba a ser la segunda cámara inalámbrica en llegar al mercado ha acabado siendo la primera: la nueva Nikon Coolpix P1, que llegará a las tiendas el próximo 15 de septiembre. Se trata de una cámara de 8 megapíxels, del tamaño de un iPod, acabada en negro metalizado y con un precio de 550 dólares (existe otra versión plateada, ésta de 5,1 megapíxels, la Coolpix P2, que cuesta 400 dólares). [Nota: Nikon ha declinado facilitar los precios y la fecha de disponibilidad de estos modelos en el mercado español, si bien ya aparecen reflejados en su web].
La P1 es tan pequeña que nadie diría que contiene un emisor WiFi para conexión a redes inalámbricas, también conocidas como AirPort o 802.11; sólo una ventanita lateral de plástico (que permite a las señales atravesar la carcasa metálica) traiciona el secreto. Como es natural, el WiFi sólo sirve para algo mientras uno se encuentra dentro del alcance de un punto de acceso inalámbrico, como los instalados en vestíbulos de hotel, cafeterías o terminales de aeropuerto. Una cámara WiFi no ofrece tantas posibilidades de itinerancia como un teléfono móvil.
Pero en cualquier caso, la incorporación de WiFi a una cámara digital debería ofrecer algunas posibilidades atractivas. Se podrían sacar fotos incluso sin disponer de tarjeta de memoria: la cámara las iría transmitiendo directamente al ordenador portátil mientras trabajamos. Se podrían publicar las fotos en nuestra página web o en un álbum fotográfico online como Flickr cuando el disparador todavía está caliente. Los fotoperiodistas podrían mandar sus candidatas al Pulitzer a sus jefes de redacción directamente desde el campo de batalla (suponiendo, claro, que haya algún Starbucks cerca).
Todo esto y mucho más es lo que espera a los consumidores que adopten la primera cámara digital inalámbrica plenamente funcional. Cosa que, por desgracia, no es la Nikon Coolpix P1.
Aunque parezca increíble, la P1 no se puede conectar en absoluto a Internet, ni siquiera aunque su indicador de intensidad de señal WiFi presente más barrotes que una cárcel. No se pueden mandar las fotos por correo-e ni publicarlas en una página web. No se pueden mandar las fotos desde la cámara a un teléfono móvil ni a un ordenador de mano, y ni siquiera a otra P1.
Entonces ¿de qué sirve?
Resulta que la función inalámbrica de la P1 sirve para una sola cosa: enviar las fotos a un ordenador inalámbrico Mac o Windows que esté situado a menos de 30 metros y tenga instalado el programa de gestión de fotos de Nikon. (La misma configuración permite mandarlas directamente a la impresora; y si se adquiere el adaptador de impresión inalámbrico de Nikon, que costará 50 dólares cuando llegue a finales de octubre, incluso se podrán enviar las fotos a la impresora sin intervención del ordenador).
Vale, mandar sin cables una foto al ordenador del otro lado de la habitación no está mal. Pero, en serio ¿es una mejora tan sustancial respecto a conectar la cámara con un cable USB, como siempre?
Hay una situación en la que sí. La P1 ofrece varias modalidades de transferencia inalámbrica. Una de ellas transmite las fotos más recientes; otra, sólo las que todavía no hemos transferido; y así sucesivamente. Pero hay una, denominada Shoot & Transfer, que hace algo nuevo de verdad: cada vez que disparamos una foto, la cámara la manda por los aires al ordenador, en cuyo disco duro queda guardada. Según la calidad y la resolución que hayamos elegido para las fotos, tal operación puede tardar entre 15 segundos (para las fotos más grandes) y alrededor de un segundo (un megapíxel o menos).
La modalidad Shoot & Transfer puede ser útil en diversas situaciones. Al evitar completamente la tarjeta de memoria de la cámara, funciona aunque la tarjeta esté llena o incluso ausente. En la práctica, el portátil inalámbrico se transforma en tarjeta de memoria: cierto, la mayor y más pesada del mundo, pero también la de mayor capacidad. Con el portátil entreabierto en la mochila, usted puede adentrarse en la jungla, ya sea amazónica, urbana o cualquier otra, sacando fotos sin parar, sin preocuparse por la capacidad ni la integridad de una frágil tarjeta de memoria.
Shoot & Transfer también funciona bien con la modalidad de fotografía por intervalos (time lapse) de la P1. Ya no hay que preocuparse por si perdemos la salida de la mariposa del capullo por culpa de que la tarjeta de memoria estaba llena.
Pero la más vistosa de las posibilidades de Shoot & Transfer es otra. En una fiesta, conferencia o reunión social, uno puede poner en marcha el pase de diapositivas, con música y todo, en el Mac o PC. Entonces, mientras se pasea por la sala fotografiando a los invitados o asistentes, esas fotos se añaden automáticamente y en tiempo real al pase de diapositivas. Toda una exhibición de prestaciones fotográficas. Lo mejor es sacar fotos del asombro de la gente cuando se dan cuenta de lo que estamos haciendo, y que dichas fotos pasen también a la pantalla.
Como cámara compacta, la P1 es muy potente. Nikon ha acertado al suponer que la clase de aficionado que se interesa por una cámara WiFi también apreciará, probablemente, el control manual de la sensibilidad luminosa (ISO), la apertura de la lente, la velocidad de obturación, la exposición y otros parámetros fotográficos. No obstante, la P1 ofrece asimismo un gran número de funciones que facilitan el manejo, como son las escenas preajustadas, unas magníficas películas sonoras (a 30 cuadros por segundo y con el tamaño de una pantalla de TV) y la reconocida modalidad macro de Nikon, que permite fotografiar sujetos situados a sólo 4 centímetros de distancia. La pantalla es tan clara como brillante y amplia (2,5 pulgadas en diagonal), con lo que Nikon espera que los usuarios se lo tomen mejor al descubrir que carece de visor ocular óptico.
Las fotos obtenidas son muy buenas. Nadie las confundiría con las de una revista, pero tratándose de una cámara de consumo de bolsillo, su calidad es superior a la media (véanse aquí unas cuantas muestras).
Sin embargo, Nikon debería trabajar mucho más el aspecto inalámbrico. La cámara no se conecta al ordenador ni a la impresora hasta que se instala el software en el ordenador, se conecta la cámara con el cable USB, se pasan varias pantallas de configuración y se asigna un nombre a la conexión (o perfil, que es como la llama Nikon; cada cámara puede memorizar hasta nueve perfiles). Este proceso es mucho más técnico y lleno de jerga de lo que sería deseable; de hecho, todo el ritual debería ser innecesario. ¿Por qué no puede la P1 detectar y conectarse automáticamente a las redes inalámbricas, tal como lo hacen los PDA y los portátiles?
El asunto de la configuración también descarta otra posibilidad del WiFi: atender peticiones de fotos de alguien que se encuentra en una reunión o esperando a embarcar en el aeropuerto. En lugar de decirle: "ah, sí, ahora te las mando", hay que responderle: "sí, claro, tengo el CD de Nikon aquí mismo; déjame instalar este paquete de software de 230 MB en tu disco duro, conectar el cable USB, crear un perfil y ya estará".
La P1 ofrece muchas cosas que la hacen recomendable como cámara digital. Es compacta, está repleta de funciones y saca unas fotos excelentes. Pero lo mismo se puede decir de otros modelos Nikon prácticamente idénticos, que carecen de funciones inalámbricas pero cuestan unos 150 dólares menos.
Sin la posibilidad de conectarse a Internet ni establecer conexiones ocasionales sobre la marcha a redes inalámbricas, la P1 es una ocasión desperdiciada tan grande como Groenlandia. Puede que sea un gran avance de la ingeniería, pero por ahora, la P1 sólo despierta la curiosidad en lugar de provocar la revolución.
(c) 2005 David Pogue
(Artículo reproducido del original publicado en The New York Times, con autorización de su autor)
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