Galileo, GPS, geolocalización y geopolítica

Publicado: 24 junio, 2004 - 05:34
Por: Ignacio Escolar

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El castillo Dromoland, en Irlanda, fue construido en el siglo XVI. Tras 16 generaciones en manos de los O'Brien de toda la vida, barones de Inchiquin y descendientes del rey irlandés Brian Boru, la propiedad fue vendida en 1962 al empresario estadounidense Bernard McDonough. Hoy es un hotel de lujo rodeado por un enorme campo de golf; el escenario perfecto para un guión hollywoodense con los fantasmas de los viejos O´Brien y unos cuantos gordos multimillonarios como protagonistas. El sábado albergará la cumbre entre la Unión Europea y Estados Unidos. Tras cinco años de negociaciones Colin Powell y Loyola de Palacio firmarán, si no lo impide ningún fantasma, el acuerdo definitivo entre el viejo y el nuevo mundo sobre Galileo, la futura red de satélites de localización europea.

por Ignacio Escolar

Galileo es también una fortaleza militar y un hotel de lujo. Los usos de los sistemas de localización por satélite crecen casi cada día. Hoy son la nueva brújula: topografía, cartografía, geodesia, sistemas de información geográfica, deportes de montaña, náutica, expediciones de todo tipo, patrones de tiempo y sistemas de sincronización… el mercado se pierde de puro grande. Pero los satélites, como Internet, como el castillo Dromoland, nacieron para la guerra.

Las dos grandes redes de localización que hoy están en funcionamiento, el GPS estadounidense y la GLONASS rusa, son herencia de la guerra fría. Cada lado del telón de acero colocó estos satélites en órbita para poder dirigir sus misiles en caso de conflicto nuclear. Aunque en un principio estaba diseñado para los militares, la administración Reagan tardó tan sólo un año en abrir el GPS al uso civil tras el desafortunado accidente que sufrió un vuelo comercial de Korean Airlines al invadir por error el espacio aéreo soviético.

Sin embargo, el GPS emite dos frecuencias distintas: una civil –con un margen de error medio de 30 metros– y otra para los militares, encriptada y con un sistema redundante, que cuenta con mayor precisión –por debajo de los 18 metros de error, incluso menos–. De este modo, el Pentágono amortiza el gasto y convierte su juguete en un gran negocio sin comprometer la exclusividad del ejército estadounidense y sus aliados sobre un arma tan poderosa. Además, Estados Unidos tiene la llave del invento y puede apagar el servicio en determinadas zonas cuando lo desee –es una táctica habitual en caso de guerra– para evitar que lo use el enemigo.

Europa busca su lugar en el mundo


Pero hoy su importancia estratégica va mucho más allá del ámbito militar. Estos sistemas mueven el tráfico aéreo y marítimo. La fluidez de los aeropuertos, la cantidad de aviones que pueden aterrizar, depende de su precisión. En las próximas décadas, tal vez nazcan automóviles totalmente automáticos, conducidos desde el cielo sin apenas intervención humana.

Por eso el proyecto Galileo, la futura red de satélites de la Unión Europea, es una inversión estratégica –igual que el cohete espacial Arianne, la Agencia Espacial Europea o el consorcio Airbus– para salir de la tutela tecnológica de la primera potencia del mundo. Japón ya está construyendo un sistema de satélites de cobertura local para sus aviones que estará en funcionamiento dentro de tres años. Europa, con Galileo, está siendo mucho más ambiciosa, ya que sus 30 satélites conformarán la red de localización más precisa del mundo: sólo un metro de error. Y, a diferencia de las actuales, no estará controlada por militares.

Pero el “sólo un metro de error” que tanto ilusiona a los ingenieros pone los pelos de punta a los militares estadounidenses. Galileo supone un claro desafío al gobierno de George Bush, cuyas presiones no han bastado para evitar que Europa se decidiese a emanciparse del GPS. Estados Unidos se había opuesto desde el primer momento, pero el 11 de septiembre convirtió el proyecto Galileo en una obsesión. El ejército estadounidense consideraba el monopolio del que actualmente disfruta como una ventaja vital para su seguridad nacional en caso de guerra. Los precisos bombardeos de los últimos conflictos –esas imágenes de mísiles Tomahawk acertando con ojo de cirujano en su objetivo– dejarían de ser de su exclusividad. Paul Wolfowitz, el subsecretario de defensa estadounidense, llegó a decir que el proyecto supondría “serios retos y problemas a la alianza OTAN”.

Estados Unidos primero intentó desanimar a Europa ¿Para qué gastar tanto en una nueva red si ya os dejamos la nuestra? Después argumentó que la frecuencia seleccionada para los satélites Galileo podría provocar interferencias en el GPS militar
Para acabar de complicar la partida de Risk, China entró en septiembre del año pasado como un socio más en el proyecto Galileo.

¿Qué se ha pactado?


Cuando parecía que el acuerdo sería imposible, Europa y Estados Unidos alcanzaron la fumata blanca. Galileo y GPS no serán rivales. No habrá Mac y PC en el cielo. Además, ambas redes se complementan ya que los satélites Galileo, a diferencia de los que forman la malla GPS, estarán en una órbita ligeramente desviada del ecuador. De este modo será más exacta en las regiones cercanas a los polos, donde los satélites estadounidenses pierden notablemente su precisión. Para los países nórdicos, esta ventaja es fundamental.

Ambas redes colaborarán y los futuros receptores podrán utilizar tanto GPS como Galileo de forma simultanea, mejorando aún más la precisión. La UE ha accedido a cambiar la frecuencia para evitar posibles interferencias. ¿Final feliz al conflicto? No está claro. ¿Dejarán de funcionar los satélites en caso de guerra? ¿Qué pasará si China se convierte en el nuevo gran rival político estadounidense? No se saben los detalles, tal vez nunca se conozcan. Si los fantasmas de Dromoland hablasen...

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