La brecha generacional en la moralidad de las copias
Últimamente estoy dando bastantes charlas, y en una de ellas suelo contar como anécdota una lección aprendida de mis lectores. A principios de 2005 circulaba por la red un pequeño programa de hackware llamado PyMusique. Su única razón de ser consistía en desactivar la protección contra copia de las canciones adquiridas en la tienda de música iTunes.
La existencia del programa levantó gran polémica en la red sobre los pros, los contras y las consecuencias de la protección contra copia. Pero desde mi punto de vista, la cosa estaba bastante clara. "Para mí, es evidente que PyMusique ha sido diseñado para facilitar el intercambio ilegal de canciones a través de la red", escribí. Y por lo tanto, está mal utilizarlo.
Los lectores reaccionaron con una variedad asombrosamente inteligente de ejemplos en sentido contrario: situaciones en las que duplicar un CD o un DVD puede ser ilegal, pero no está necesariamente "mal". Me mostraron todo un repertorio de excepciones, demostrándome que lo que a mí me parecía tan blanco/negro es en realidad toda una gama de grises.
Quedé tan impresionado que incluí dichos ejemplos en una pequeña demostración de esta charla en concreto. En ella comienzo diciendo al público: "Voy a describirles varias situaciones. Que levanten la mano quienes crean que lo que describo está mal".
Y a continuación les voy planteando situaciones cada vez más comprometidas:
"Me llevo de la biblioteca un CD en préstamo. ¿Alguien opina que eso está mal?" (Nadie levanta la mano).
"Uno de los CD que compré en su momento está rayado. Así que saco el mismo CD en préstamo de la biblioteca y me lo copio en el ordenador". (Un par de manos).
"Tengo 2.000 discos de vinilo. Así que saco de la biblioteca unos cuantos de esos mismos álbumes en CD y me los copio en el ordenador".
"Me compro un DVD. Pero me preocupa su longevidad, ya que tengo un hijo de tres años. Así que hago una copia de seguridad".
A cada pregunta se levantan más manos. Cada vez hay más gente que opina que lo que estoy describiendo está mal.
Después, lo pruebo desde otro punto de vista:
"Grabo una película del canal satélite con mi grabador de DVD. ¿Alguien opina que eso está mal?" (Nadie levanta la mano. Faltaría más; grabar algo para verlo después no es sólo correcto moralmente, sino que es incluso legal).
"Yo quería grabar la película del canal satélite, pero mi grabador se estropeó. Pero tengo un amigo que sí la grabó. ¿Puedo copiarme el DVD de mi amigo?" (Unas cuantas manos)
"Yo quería grabar la película del canal satélite, pero mi grabador se estropeó y no tengo ningún amigo que la grabase. Así que alquilo la película en el videoclub y me la copio". (Más manos)
Y así sucesivamente.
Como es natural, mi ejercicio pretende demostrar que existen diversos grados de maldad y multitud de opiniones distintas al respecto. Casi siempre, los asistentes se ponen a murmurar, levantan una ceja o ríen entre dientes.
Sin embargo, hace poco hablé en un instituto. Era la primera vez que me dirigía a un público compuesto en su totalidad por gente joven. Y mi demostración fue todo un fracaso.
En un auditorio de 500 personas, por muy comprometidas que fueran las situaciones que les planteé, se levantaron un par de manos como mucho. Fui incapaz de encontrar algún punto del espectro que disparase la alarma de moralidad de esos chavales. Al escuchar cada uno de mis ejemplos, me miraban como si estuviera chalado.
Al final, simulando exasperación, les dije, "Vale, vamos a probar una un poco menos complicada: queréis una película o un álbum. No queréis pagarlo. Así que lo descargáis".
Más claro, imposible: un ejemplo de la situación más extrema, sin matices ni factores atenuantes.
"¿Alguien cree que eso está mal?"
Dos manos entre 500.
Cierto, puede que se debiera en parte a la presión del grupo; a nadie le gusta quedar como un mojigato.
Tal vez todo lo dicho les parezca a ustedes algo evidente, y quizás hasta previsible. Pero comprobar personalmente la existencia de tal brecha generacional me dejó estupefacto.
No pretendo saber cuál es la solución al problema de la compartición de ficheros. (Aunque cada vez estoy más convencido de que tal solución no está en la protección contra copia).
Lo que sí sé, no obstante, es que los problemas de las empresas de TV, cine y discográficas no han hecho más que empezar. Actualmente, los clientes que siquiera se plantean que esté mal compartir ficheros todavía son jóvenes. Pero dentro de 10, 20 o 30 años, esa gente serán todo el mundo. ¿Qué ocurrirá entonces?
© 2007 David Pogue
Publicado en The New York Times y reproducido con permiso del autor.


















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Hola:
Es ley de vida que con la edad nos volvemos cada vez mas conservadores. Si este dilema se hubiera planteado hace 30 años, seguro que el resultado habría sido similar. Dentro de 30 años ocurrirá algo parecido, aunque con las diferencias tecnológicas pertinentes.
Creo que los jóvenes de hoy nos volveremos algo mas conservadores (no mucho, pero algo si) y seguramente no veremos tan bien la copia.
No se, igual me equivoco.
Felices fiestas.
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